Batallitas de la abuela: 12 de octubre 1937. Día de la Raza


Cierta vez me regalaron esto:

A mi nieto, que me lo pidió en cierta ocasión, a mi hija, que ya no lo quiere oír una sola vez más, y a todo el que quiera conocerlo, empiezo el relato de “mi viaje a Burgos”. No siendo una narradora nata creo que no os podré dar una noción exacta de lo que fue ni transmitiros fielmente la forma de pensar y de ver las cosas entonces.

Contar “mi viaje a Burgos” no es empezar por el principio. Lo más interesante de mi vida lo sitúo en el año 1936, pero son historias de guerra y ya nadie quiere oír hablar de eso.

El susodicho “viaje a Burgos” ocurrió en el año 1937. El 8 de febrero de ese año entraron las tropas “nacionales”, como se les llamaba entonces, en Málaga. Desde agosto del 36 habíamos estado en poder “rojo” como sin ningún rubor también se le llamaba entonces. Pero eso tiene un capítulo aparte.

Empecemos: Después de entrar las tropas en Málaga, como sucedía en todos los pueblos que liberaban, se organizaba rápidamente la retaguardia y sin tardar me afilié a Falange Española en su Sección Femenina sin tener que vencer ninguna resistencia por parte de “abuelito”, mi padre, que anteriormente a la guerra no me dejaba salir sin compañía.

De forma que cuando el 29 de abril de 1937 se decretó la unificación de Falange Española y de las JONS con los Tradicionalistas, o requetés, y Franco había sido nombrado Generalísimo de los tres Ejércitos y Jefe del Estado, se pudo organizar un homenaje a Franco en Burgos por el S.E.U. (Sindicato español universitario) y celebrar el 1 de Octubre el primer día del Caudillo. A este homenaje acudieron 12.000 estudiantes y, por misericordia, yo entre ellos…

Empezamos por el viaje. La concentración iba a tener lugar el 12 de octubre día de la Raza. En este mismo día, 24 años después, nació una de mis hijas. Todos estábamos como locos porque la inmensa mayoría salía por primera vez de casa. Por fin después de mucha ilusión nos vimos en la estación y en el tren, y que tren! no os lo podéis imaginar porque aquellos ya no existen y yo cuando los recuerdo ya no acierto a describirlos. Todos los asientos y respaldos rígidos así como los porta equipajes. Las ventanillas tenían cristales o no, daba igual, y teníamos que estar encerrados tres días y medio porque dábamos paso a todos los convoyes de suministros a las tropas, en fin, que erramos los últimos de la vía.

Primero íbamos a Sevilla, después por tierras de Extremadura dando un gran rodeo y bordeando la zona roja, muy cerca del frente. Al llegar a Sevilla nos llevaron a la plaza de España para acampar y esperar enlazar con otro tren. Allí se me acercó un “flecha” y me dijo que no tenía merienda y que no podía más de ganas y yo muy generosamente le di la mía. Una tortilla de dos huevos con jamón que era un manjar, en aquellos tiempos, incomparable… Horror! no volvimos a comer hasta tres días después; hasta que llegamos a Burgos.

Nos habían dicho que por el camino nos irían dando “rancho en frío” pero sólo nos dieron, recuerdo muy bien, al llegar a Plasencia-Empalme café con azúcar, un lujo! (Entonces no había café, sólo era cebada tostada) en platos de lata que nos bebimos con ansia. Después, en otra ocasión, nos llegaron unas latas de sardinas pero no teníamos con qué abrirlas y nos pasábamos el tiempo acariciándolas hasta que apareció por allí una navajita y recuerdo que dándole con una piedra conseguimos abrirlas y disfrutarlas por fin. Pero íbamos tan felices!

Bien, volvamos al tren. Estos trenes iban tan despacio que en ocasiones los niños mayores se tiraban e iban corriendo al lado. A veces paraban tanto tiempo en medio del campo que se bañaban cuando había un río cerca. Las niñas íbamos en vagones aparte, separadas de los niños, aunque ellos eran nuestra seguridad e iban armados con unos fusiles más pequeños que los del frente que se llamaban “Mosquetón”… hace tantos años! pero creo que no me equivoco.

También las rejillas de los equipajes eran de madera bastante sólidas y yo, como buena deportista me encaramé a una de ellas y allí fui durmiendo casi todo el viaje. Dormir allí era bastante seguro porque hacía un poco de cuna y no me podía caer, pero las otras que eran más comedidas fueron todo el viaje absolutamente rígidas y la única que iba en nuestro apartamento en coche cama era yo.

Como estaba contando, habíamos salido de Plasencia-Empalme, era de noche y el tren completamente a oscuras, y como siempre a paso de carreta y de pronto nos dimos cuenta de que íbamos cada vez más deprisa y nos fuimos despertando algunas muy contentas, pero el tren cada vez más deprisa hasta que por fin ruidos de frenos, chirridos, parones cortos, y frenazo total. Se cayeron las maletas, yo revuelta con ellas, muchas luces… estábamos otra vez en la estación de Plasencia. Que si se habían soltado dos vagones, que si sabotaje, total allí tuvimos que esperar a que engancharan otros, traslados, etc. Según decían, los niños estuvieron heroicos manipulando los frenos que había entre los vagones. Y así seguimos adelante sin perder el ánimo.

Y llegamos a Burgos. Burgos! qué maravilla! qué solera y qué señorío! Lo vimos todo, la Catedral, una joya del gótico, Santa Gadea donde el Cid hizo jurar a Alfonso VI rey de León, antes de ser reconocido corno rey de Castilla, que no había tenido parte en la muerte de su hermano D. Sancho y el paseo del Espolón a orillas del Arlanzón, todas muertecitas de frío porque íbamos muy mal equipadas. Camisa azul, falda negra y la que tuviera suerte, como yo, un tabardo hecho de uno de soldado.

También tuve la suerte, con otras tres, de que me alojaran en la casa del Jefe de Falange y allí nos mimaron de lo lindo. Cama limpia, agua y jabón, comidas buenas, dulces y agradable conversación con sus hermanas que eran jóvenes.

Al día siguiente la concentración. Todo fue de maravilla, desfilamos delante de Franco (que para nosotros era un mito) con mucha dignidad y orden y volvimos a casa. Por la tarde seguimos visitando la ciudad que es muy antigua como parte de Castilla la Vieja y por el momento y hasta el fin de la guerra capital de España.

Ya por la tarde habíamos conocido gente y formamos un grupo. Mis compañeras, algunos estudiantes y un alférez “estampillado” que era el que estaba un poco, como diría yo ilusionado conmigo. Entonces los niños nos invitaron a merendar y fuimos a un café, como se llamaba entonces, lo de cafetería es de después de la guerra. Estábamos tranquilamente merendando cuando “sentí” que me tocaban y me revolvían el pelo por detrás, cosa que nunca he podido sufrir, así que me levanté creyendo que era una amiga y me encontré con el aviador alemán más grande que había en España. Sin pensarlo dos veces ¡¡plaff!! le di un bofetón en toda la cara; él se puso rígido y ¡¡plaff!! le dio un bofetón al alférez que estaba conmigo. Inmediatamente los alemanes se quitaron de enmedio y nosotros también porque a todos nos hubiera alcanzado un castigo, ya que los alemanes y los falangistas no podíamos protagonizar un escándalo en un sitio público…

Nos fuimos al paseo del Espolón todos cariacontecidos, callados y cohibidos y más que todos el alférez y yo nos dimos el paseo en silencio. Yo estaba avergonzada y con un lío tremendo en la cabeza porque la tenía llena de lecturas caballerescas y como no conocía el mundo creía que el alférez se tenía que batir con el alemán o suicidarse o poco menos “para lavar su honor”, que habría un conflicto internacional… Oh!!

Ahora me doy cuenta de que el pobre aguantó el tipo muy bien, con mucha dignidad y de su boca no salió ni una palabra de reproche ni de nada, porque la verdad es que se quedó muy triste, mucho y muy humillado. Todavía cuando me acuerdo de la bofetada parece que la mano se me llena de la cara del alemán y la siento todavía. Inolvidable! Al pobre alférez no lo volví a ver y ni siquiera recuerdo su nombre. Qué ingratitud!

Al día siguiente nos veníamos por la noche y corno había que aprovechar el tiempo y ya se me había pasado la pena, conocí a un estudiante de medicina, ya mayor y me llevó a ver el Monasterio de las Huelgas, la Cartuja y todo lo que había que ver, y me divertí!! y empezamos el viaje de vuelta con las peripecias de rigor más las plantas del pié pisando el suelo; los zapatos que había conseguido comprarme (que tampoco había entonces) por 12 pesetas tenían la suela de caja de cartón. No resistieron más de cinco días…

Recuerdo muy bien el olor de Burgos. Corno todas las ciudades tienen un olor especial en Burgos todo olía y me sabía igual. El aire, las casas, comidas, los dulces. Por fin, averiguamos que a través del viaje, concentración, diversión y “confrontación” yo además tenía unas anginas de caballo. Y vuelta a Málaga pasando calamidades como tenía que ser.

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